Catatumbo, sin control


Desde las peores épocas del paramilitarismo, hace unos 20 años, no se registraba en El Tarra (Norte de Santander), en la región del Catatumbo, una masacre como la ocurrida el pasado lunes en la que nueve personas fueron asesinadas y otras dos resultaron heridas. Ya los entes de investigación establecieron que entre las víctimas hay exintegrantes de las Farc, pero todavía hay dudas acerca de los autores del crimen, sobre todo porque en esa zona limítrofe con Venezuela hacen presencia Eln, Epl y otras bandas criminales, que tienen el narcotráfico como su negocio principal. Ahora bien, en la masacre también cayó Frederman Quintero, presidente de Junta de Acción Comunal Km 84 y presidente del comité veredal de la Asociación Campesina del Catatumbo, por lo que no se descartan otros móviles, como los que tienen en la mira a los líderes sociales en todo Colombia.
Esta convulsionada zona del nororiente del país, de la que hacen parte los municipios de Convención, El Carmen, El Tarra, Hacarí, La Playa, San Calixto, Sardinata, Teorama y Tibú, ha sido tradicionalmente una región pobre y olvidada por el Estado, y donde el crimen organizado ha encontrado un caldo de cultivo favorable a sus mezquinos intereses. En ese lugar termina la Cordillera Oriental, específicamente en la Serranía de los Motilones, caracterizada por su condición selvática, en la que han sido fértiles los cultivos ilícitos. Se calcula que hoy hay allí unas 25 mil hectáreas de coca. 
Es justamente el narcotráfico y sus rentas los que han tenido enfrentados en meses recientes al Eln con el Epl, en una lucha territorial desenfrenada. Por eso, aunque las dos organizaciones se apresuraron a emitir sendos comunicados en los que niegan su autoría de la masacre, las autoridades todavía no se atreven a descartar esas hipótesis y buscan establecer los interesados en sacar del camino a los exguerrilleros y demás asesinados. Lo cierto es que el narcotráfico es el punto de unión, no solo con los mencionados grupos, sino con las mafias que conforman las llamadas bacrim en esa región. Ojalá que las recompensas que ahora se ofrecen por los autores de la matanza tengan un efecto positivo.
Desde luego que, como se ha previsto, es fundamental que haya una mayor presencia militar en toda esa zona, pero es necesario un ataque frontal a las bandas que dominan ese territorio y tomar, por fin, el control como debe ser. Además, dicho control inexistente hoy no puede ser solo militar, sino con un trabajo social que llegue a las comunidades y las aparte de las posibilidades de caer en brazos de la delincuencia. Hay que estudiar las razones históricas por las que el Catatumbo ha sido siempre una región convulsa, y atacar las raíces de ese fenómeno como única manera de hallar la tranquilidad pronta en ese lugar.

Este fenómeno es muy parecido al de Tumaco (Nariño), donde distintos grupos criminales se disputan el narcotráfico, y tienen gran incidencia en el florecimiento de los cultivos ilícitos en sus alrededores. Además, ambas regiones corresponden a zonas fronterizas con historias problemáticas. Si en los límites con Ecuador, donde hay buenas relaciones con el Gobierno, no ha sido posible neutralizar a alias Guacho y su banda, entre otras organizaciones criminales, la labor de las autoridades colombianas es aún más complicada en la frontera con Venezuela, donde la colaboración del vecino gobierno es nula, y más bien hay complicidad con los narcotraficantes que sacan la droga por ese país. Además, en esa zona es habitual el contrabando, el tráfico de combustible y la minería ilegal, lo que hace más complejo todo el panorama.


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