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Un tesoro expuesto


Si se toma a la Colonización Antioqueña como un fenómeno cultural, donde el arte y los problemas de tierra deben ser estudiados con la misma atención, se logra establecer un perfil mucho más completo de las casi 100 poblaciones que surgieron entre los años 1800 y 1916.
La arquitectura caracteriza el aspecto físico de estas fundaciones y puede ser “leída” sin mayor complicación debido que está a la vista de todos los interesados.
Si en Sonsón se trabajó la ancestral tapia mediterránea; en Aguadas ya se detecta la aparición del bahareque de guadua; Salamina elabora su versión más artística con los trabajos suntuarios de sus ebanistas; Manizales rebasó ese esplendor y con los incendios forzó la aparición del estilo republicano y el Art Deco; las poblaciones más jóvenes de la Colonización como Caicedonia, fundada en 1910, continuaron usando el bahareque como base de su lenguaje estilístico, pero introducen otros elementos que demuestran como las sociedades evolucionan logrando nuevos reflejos en el arte.
El bahareque en Caicedonia es muy sencillo, a juzgar de las edificaciones que quedan en pie hoy en día. Es probable que las casas más ornamentadas hayan sido las primeras en caer y ser reemplazadas por edificaciones del indefinible estilo moderno funcional, debido al poder adquisitivo de sus dueños, ya que la arquitectura va de la mano de la economía, las técnicas constructivas, los materiales y las modas.
Altas casas lucen sobre las amplias avenidas de esta ciudad planificada por los dueños de la Concesión Burila. Caicedonia deriva su nombre de la familia Caicedo, mayor accionista de esa empresa de tierras. Posee el más bello parque de Colombia, poblado por 128 palmas de más de 25 metros de altas y casi 100 años de edad, pero descuidado por las administraciones locales. Un parque en inmediaciones de una plaza de mercado y un terminal de transporte está expuesto a ciertos conflictos, y por eso que requiere un manejo especial, nunca el abandono actual.
En los años 40 y 50 el fenómeno de la Colonización ya había pasado, y llega un tipo de arquitectura transicional que se basa en cemento, hierro y ladrillo. Para esa época los ferrocarriles y las carreteras habían abaratado los fletes, haciendo que le dieran la espalda a la guadua, prefiriendo esos elementos.
Conviven edificaciones que frisan 70 años de construidas con aquellas en bahareque; el ojo no sufre porque las proporciones fueron felizmente guardadas. Hay respeto entre estas dos arquitecturas. Si hay decoración en las fachadas, son líneas rectas producto de una simplificación del Art Deco, estilo en auge mundial que dejó reflejos sobre esta región. A pesar de preferir la línea recta, el ochavo es redondo en estas construcciones. Ostentan muchas de estas casas un masivo balcón central rematado con balaustres de hierro en tubos. Surgen casas que emplean la mezcla de elementos del bahareque y los del naval, creando muy llamativas respuestas que le dan un colorido muy especial a Caicedonia y hablan muy bien de los maestros de obra locales, dignos de ser estudiados a fondo.
Tiene Caicedonia una construcción Art Deco en la plaza principal que podría estar ubicada en la zona más elegante de Bogotá. Su tamaño, sus balcones y su trabajo en forja son perfectos, creando una simetría ideal. Monumental, domina una parte de la espaciosa plaza principal, pero el segundo piso está abandonado y amenaza ruina. En los bajos están el famoso Café Burila y un almacén de muebles, seguramente con contratos de alquiler que se deben respetar. ¿Por cuánto? Es una lástima que esa joya, producto de la riqueza agrícola de ese pequeño paraíso, lo pierdan las futuras generaciones. Es de lamentar que no exista una instancia nacional que pueda intervenir y salvar este icono que engalana esta ciudad cuyas administraciones actuales no son conscientes de su interesante pasado. Este edificio podría servir como hotel boutique, arreglado con muebles de ese mismo estilo.
Otro edificio emblemático es una mansión italiana cerca del parque de las palmas. Aquí, otro rico agricultor o comerciante dejó su marca exponiendo su gusto y distinción. Ni siquiera Villa Gloria, en la cercana Génova, se puede comparar con esta construcción sobria y republicana. Le corresponde a la gente de Caicedonia reconocer ese patrimonio y traspasarlo en mejor estado a las generaciones futuras.

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