opinión |

Cuarto de hora de cien años


A los cien años cumplidos, mi tío Julio Giraldo Jiménez de pronto toma del pelo al señor Alzheimer y se regala esporádicas briznas de recuerdos. Vive en la inconciencia-conciencia. Tiene percepciones, dice el entorno filial que lo arropa.

Aunque su oído está en huelga, cuando le recordaron en voz alta que estaba cumpliendo 100 años, comentó: “Apenas es”. Y regresó a su silencio de cartujo.

Si los astros no se ponen difíciles, el centenario piscis podría superar la edad de su mamá grande, mi abuela, que paró el reloj a los 101 años y 18 hijos.

Julio César, su gracia completa, nació el mismo día que el Nobel García Márquez (marzo 6), quien al final de sus días también recibió la visita del bávaro Alois.

El Nobel de Aracataca tituló sus memorias “Vivir para contarla”. El tío de Montebello escribió unas deliciosas memorias de abuelo que circulan exclusivamente entre los activistas de su árbol genealógico.

Cuenta que las mujeres de su época tenían que repetir años porque solo había hasta quinto de primaria. “Se doctoraban en faenas domésticas y aprendían a coser en máquinas Singer traídas a lomo de mula”. Así llegaban los pianos de cola para las solteras de Envigado, se lee en “El amor en los tiempos del cólera” (no estoy sugiriendo que el Nobel plagió al tío, claro).

A su padre, don Lubín, casi lo mata una infección intestinal en 1925. Lo curó el doctor Ruffo, italiano. Lo “alivió con una receta de leche y dos frascos de color amarillento que se rotulaban como Bienol y Biostenol”.

Cronista certero y poeta en prosa, escribió primero que yo en El Colombiano. Fue corresponsal del periódico en el Abejorral de los años cuarenta cuando conquistó a la mujer de todas sus vidas, Marina Velásquez.

En vida, hermano, en vida, nos apeñuscamos para darle gracias por habernos dado tanto.

Hubo misa de dos yemas. “Dios es mi copartidario”, podría decir con el coronel Aureliano Buendía. Que no falte la serenata, fina coquetería de su prole. El trío abrió plaza interpretando “porque es un buen muchacho”, canción gringa inspirada en la francesa Mambrú se fue a la guerra.

Desde Austin, una ahijada suya que frecuenta la biblioteca que alberga gran parte de la obra del Nobel, escribió: “Recuerdo cuando era niña la sensación de absoluta seguridad cuando estaba cerca de él. Era lo más cercano a estar en el cielo. Su divisa fue paz y cordura. Parece que hubiera nacido sin mancha original por sus sabios valores de rectitud y generosidad que inspiraron a otros a ser mejores”.

Carlos Alberto, uno de los cinco hijos que le cuela el aire, resumió su parábola vital en tres palabras: generosidad, nobleza, honradez. Todos le ponemos papel carbón a ese certero resumen. El cuarto de hora de fama de Julio ha durado cien años.

 

 

 


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