opinión |

Una absurda pretensión


Un ciudadano manizaleño le envió un oficio a Luis Roberto Rivas, gerente de la Industria Licorera de Caldas, solicitando el “retiro inmediato de publicidad de licores dentro de la Plaza de Toros, o garantizar que no ingresaran menores de edad a los eventos con publicidad de la licorera (sic)”. Fundamenta su solicitud en el Código de Infancia y Adolescencia y en el Código Colombiano de Autorregulación Publicitaria, y dice propender por “un acto de consciencia de la industria publicitaria de la necesidad de protección especial que deben tener los menores de edad por parte de toda la sociedad (sic).”
¿Qué se busca con esto? ¿Atacar la fiesta brava? ¿Hacerle oposición a un excelente gerente que tiene la Industria en lo alto de su producción y comercialización? ¿Darse vitrina y volverse “importante” mediante un absurdo de esta naturaleza? La verdad, es triste que se trate de impedir el apoyo de nuestra industria insigne a los eventos feriales, aduciendo “protecciones especiales” traídas de los cabellos. Y más triste aún, que un ciudadano que durante toda su vida se ha visto beneficiado, directa o indirectamente, por los aportes que la ILC le hace a la salud y la educación, pretenda hoy bloquear el respaldo que le hace a la sociedad financiando eventos de tradición.
¿Procederá entonces de igual forma con la exposición empresarial de la ILC en el uniforme del Once Caldas? ¿O en los desfiles multitudinarios, las fiestas de los municipios, las vallas publicitarias, los eventos culturales, etc.? Esto es hilar muy delgado y buscar protagonismo con argumentos baladíes que podrían terminar perjudicando gravemente la Industria.
El espíritu del Código Colombiano de Autorregulación Publicitaria, está orientado a que “los anuncios publicitarios deberán fundamentarse en los principios de la decencia, honestidad y veracidad que constituyen el marco filosófico de la autorregulación”, y no en lo que atropelladamente quiere el solicitante hacer creer para argumentar su posición. 
Las industrias licoreras en Colombia, como parte del monopolio rentístico, tienen una altísima responsabilidad social que no puede quedarse en las transferencias que le hagan a los departamentos para salud, educación y deporte. Esa responsabilidad trasciende estos límites y se expande hacia actividades culturales que requieren de recursos estatales y que pocas, o tal vez ninguna empresa (aparte de las licoreras) están en condición de ofrecer. Luego, pretender privar a la Plaza de Toros de Manizales del apoyo de la ILC, se constituye en un atentado cultural de inmensas proporciones, pues de prosperar las pretensiones del solicitante, la prohibición publicitaria se extendería a las demás actividades sociales donde participe la Industria, y cuya marca quede expuesta a la visibilidad de menores de edad. Es decir, todas las actividades que hoy patrocina la ILC quedarían abandonadas por el capricho de un ciudadano y por su oposición a la fiesta brava.
Yo le pregunto a este ciudadano, quien además es ingeniero civil: Si en su actividad profesional se llegara a ganar la licitación de una obra financiada por la ILC, y tuviera que exhibir una valla publicitaria donde esté su marca, ¿se abstendría de ejecutar el contrato para no promocionar ante los eventuales infantes, productos prohibidos para menores? ¡Seguramente que no! 
Esa especie de fundamentalismo que pretende imponer el ciudadano es lesivo, incoherente, ridículo y aberrante. Desgastar una institución como la ILC en cosas tan triviales no tiene ningún sentido. A no ser que se quiera adquirir protagonismo para obtener otros réditos, caso en el cual ese ciudadano merece el repudio social y el rechazo de sus coterráneos.
En esta administración la presencia de la ILC ha sido definitiva para el desarrollo de múltiples actividades culturales y deportivas, y merece el reconocimiento público y el agradecimiento general. Querer hoy opacar su participación, y oponerse a que siga con el apoyo decidido y con su presencia en todos los lugares de nuestra geografía, no solo es un acto de ingratitud, sino una irresponsabilidad enorme para con el propio departamento. ¡Definitivamente no hay cuña que más apriete que la del mismo palo! ¡Qué tristeza!


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