opinión |

Ir a la universidad… ¿para qué?


Un ciudadano que conserve la esperanza en un mundo mejor, diría que los problemas de la especie humana requieren grandes soluciones; algo así como que a problemas globales, soluciones globales. Y quizás su esperanza esté cifrada en que los expertos que han pasado por las aulas universitarias y han alcanzado altos niveles de formación, caso de los magísteres y de los doctorados, puedan contribuir con sus saberes a diseñar soluciones a los grandes y graves problemas que afectan a la especie humana.
Pero quisiera llamar la atención sobre el grave problema de la falta de solidaridad. Veo, con preocupación que muchos ciudadanos tienden a concentrarse en sus propios territorios y terminan por rechazar el ingreso de ciudadanos foráneos. Por supuesto, entiendo que las migraciones acarrean serias dificultades geopolíticas y económicas; pero también comprendo que este rechazo conlleva un aislamiento -que algunos podrían llamar de sentido nacionalista o sentido patriótico- que, por supuesto, conlleva serias dificultades.
No es complicado entender que los seres humanos tendemos a ser muy leales y solidarios cuando vivimos en grupos pequeños o muy concentrados; y no lo somos, si se trata de ser leales a millones de ciudadanos que nunca hemos visto. ¿Cómo solidarizarse, cómo ser leal con ciudadanos de la Costa, o de la Amazonía, o del Cauca, o del Chocó? A veces no me explico cómo hemos sido capaces de construir una nación, si la lealtad y la solidaridad no son el pan de cada día. Alguien me podría decir que quizás la respuesta esté en que a algunos “geniecillos” se les ocurrió la feliz idea de que debíamos reconocernos en nuestros hábitos, en nuestras comidas, en nuestros vestidos, en nuestras fiestas… y, justamente por eso, se dieron a la tarea de construir un aparato educativo y de propaganda que permitiera mínimamente saber que al otro lado del río hay personas que tienen gustos, costumbres y valores similares. Por eso, cuando los ciudadanos de un país gritan a una sola voz el triunfo de su equipo preferido, o cientos de ciudadanos salen a la calle en protesta por algo que les afecta a todos, surge ese sentimiento nacionalista que es importante y no debe ser subvalorado. Veo con muy buenos ojos que cuando los ciudadanos tienen lealtad y son solidarios con otros, este comportamiento no refleja otra cosa que el aprendizaje de la importancia de cuidarse mutuamente. Y eso debe ser respetado. Sin ese sentimiento nacionalista, moderado, claro, se presentaría un caos social que a nadie beneficiaría. Países como Alemania o Suecia tienen un notorio sentido de patriotismo, de nacionalismo y eso, me parece, los hace progresistas, prósperos. 
Por eso cabe la pregunta en clave de esperanza del ciudadano respecto de “para qué fue que estudiaron todos esos doctores”, “¿qué es lo que proponen para resolver el problema global de la falta de solidaridad, por ejemplo?” Yo digo que los problemas que acarrea la insolidaridad no se resuelven con los ciudadanos aislándose de los demás en sus pequeñas parcelas; y mucho menos si son feudos académicos. Las investigaciones en el más alto nivel no son propiedad exclusiva de nadie, no pueden ser un monopolio de ningún país, por más desarrollado que éste sea. El quid de este asunto, me parece, está en que es necesario, fundamental, básico, indispensable que se creen lazos de lealtad y de solidaridad, casi planetarios si queremos evitar una catástrofe de proporciones inimaginables.
Estoy convencido de que es deber de los profesores implementar lazos fuertes de solidaridad y de lealtad con los demás científicos del mundo; pero, muy especialmente con los ciudadanos de ‘a pie’, para quienes todo nuestro saber y experticia debe estar disponible. Estudiamos para ellos. Por eso tiene vigencia la premisa de que la educación debe ser transformadora y liberadora. Y si no ¿qué sentido tiene ir a la universidad?
*Coleta: por supuesto que también me solidarizo con la causa de la defensa de las universidades públicas.


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