opinión |

La nueva oleada de la violencia


Las arremetidas de los violentos en los últimos días, en contra de los líderes comunitarios y sociales, ha dejado una estela de muerte impune y aleve, que es una muestra de las camadas de bárbaros sin tripas que tenemos en Colombia, al servicio de la desestabilización y del miedo colectivo.

Coinciden con la próxima posesión del nuevo presidente de la República, Iván Duque, que ha demostrado hasta ahora muy poco interés en el asunto, ensimismado en recorrer el mundo, mostrando lo que dice ser su programa de gobierno, tratando de convencer a la comunidad internacional, que su gobierno será decente, transparente y sobre todo democrático.

Hasta este momento no podemos decir algo en concreto sobre el salto que damos al vacío, en este retroceso político en el que nos adentramos al escoger, que así lo quiso una mayoría, eso hay que reconocerlo y aceptarlo, cuando prolongamos 4 años más, y eso por ahora, las políticas de Uribe actuando en cuerpo ajeno.

Lo hace demostrando que es el mayor fortín político que tiene Colombia, con la colaboración estrecha de todos los sectores de derecha y los partidos tradicionales, aunados con las élites más corruptas y cuestionadas de Colombia, que no tuvieron problema alguno en expresar públicamente su apoyo al candidato del Centro Democrático.

Una máquina demoledora de la constitucionalidad y de la ley, al servicio de los intereses particulares de minorías, que elegidas por decisión de mayorías de electores, volverán a ponernos en condiciones de atraso conceptual y retroceso en garantías sociales e intereses generales, secundarios al lado de lo que les importa a los nuevos líderes de esa coalición de contrarios, que no están unidos por ideología o carácter, sino por intereses y negocios.

Ese es el nuevo capital político; un fondo en el que se pueden encontrar desde contadísimas y no aseguradas buenas intenciones, hasta pestilentes realidades, salidas de lo que une a esas “nuevas mayorías”, que no es ideológico o político, ni están movidas por el bien general por encima del particular, sino que lo hacen con la fuerza poderosa de lo que es el nuevo “negocio político”, una empresa de fachada, con la cual las instituciones pueden ser cambiadas fácilmente, la justicia burlada sin asomos de vergüenza y la institucionalidad vuelta añicos, en un país que pierde a diario la esperanza.

Este juego de la democracia, en el cual se unen los contrarios, previamente declarados enemigos políticos, con sus no resueltas profundas contradicciones, con sus brechas insondables en lo político, lo ideológico y lo ético, que los hacían polos opuestos, demuestra que para mantener el poder, la dignidad vale menos que nada en Colombia, los principios se pueden lanzar a un solo golpe del azar, para que disfrazados sofisticadamente, parezcan confluyentes y cercanos, en el ajedrez político, cuando la verdad, son antípodas en todos los conceptos, en todas las concepciones de Estado, dignidad, decencia, transparencia.

Solo importa “poder tener el poder”, al costo que sea, sin que valga mucho la suerte que corran los 40 millones de colombianos que no votan, esos que dependen en su día a día de las decisiones tomadas por estos “caballeros de industria” de la política colombiana, una verdadera “cueva de Rolando”, en la que se reúnen buena parte de los peores representantes que tienen nuestras distintas regiones, actúan como barones electorales y son dueños del poder; amos de la intimidación y el miedo, con los que mantienen el poder.

Todos los líderes sociales que han sido asesinados al momento de escribir esta columna, representan una vasta camada de la población, que es la más vulnerable, la más sufrida, las más golpeada, la eternamente olvidada en los rincones de la Casa de Nariño, donde se supone, se controla la democracia.

Solo que esta democracia tiene la solidez estructural de Hidroituango. Está permeada por todos los rincones, rodeada de grietas insondables, convertida en una olla a presión, contenida por un muro que ha demostrado tener fallas estructurales que no pueden ser corregidas, con el riesgo de una avalancha de violencia y desorden institucional sin precedentes, o al frente de una disimulada dictadura de “élites” indecentes e inescrupulosas, que están más preocupadas por sus intereses personales, que por el bienestar general de una Nación, que ha sido víctima de todas las violencias.

Esperemos estar equivocados; que al final nos demuestren que lo que creemos es la “hecatombe” anunciada por el “gamonal” mayor como un destino irredimible al cual estamos condenados. Esperemos que los intereses encontrados y mal explicados de la oposición, no sean obstáculo, para trabajar por una Colombia, en la cual, el derecho a la vida sea inviolable y las diferencias no se resuelvan con lápidas, sino con discusiones e idearios políticos, en paz y en armonía.

Soñar no cuesta nada. Una realidad distinta a la que tenemos cuesta mucho y no es fácil hacerla realidad. Ese es el desafío.

 


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