opinión |

Reminiscencias alzatistas


Todas las facetas de Gilberto Alzate Avendaño son históricas. Como político tuvo pocos pares en Colombia. Como intelectual, de insondables sabidurías. Impactante escritor grecolatino y orador majestuoso. Como contendor, noble, fiero en la controversia. En el diálogo chispeante y peligroso. Hábil para el teatro, matizado con sainetes de eficacia preconcebida. Pregonero de alboradas. Indócil. Porfiado en sus propósitos. Tenaz. Murió cuando estaba culminando su faena presidencial.

De personaje tan sugestivo quedan reminiscencias que reflejan su dimensión.

Fue bachiller del Instituto de Manizales. Como estudiante hizo demostraciones de sus brazos hercúleos. Eran frecuentes sus controversias sobre temas intelectuales que terminaban en conflictos de orden personal. Cerca al colegio había unos mangones y allí citaba a sus émulos. A todos, en viril intercambio de puñetazos, les reventaba las narices. Como universitario en Medellín fue revoltoso. Siendo un escolar de leyes estalló su cólera contra el dominio imperial que Laureano Gómez tenía sobre el conservatismo. Esa rebeldía le cerró las puertas políticas y debió refugiarse como letrado litigante en Manizales. No fue abogado del montón, de esos que se cuentan por docenas. Su temperamento era incasillable por el desborde sin control de su talento. Volvió añicos la apolillada gerentocracia azul y emergió, sin rival, con su testa de prócer.

Hay muchos matices novelescos del Mariscal. Por ejemplo, en 1937 daba un paseo por la carrera 7ª de Bogotá con varios amigos. Un adversario reconoció a Alzate y le propinó un bastonazo. Eran tres los atacantes. Los enfrentó a puño limpio y los puso en polvorosa.

Fabio Vásquez Botero, intelectual prestigioso de Pereira, quien con el correr del tiempo fuera gobernador de su departamento, era alzatista reconocido pero desertó. Alzate le cobró la felonía. A correazos lo corrió por la plaza de Bolívar. Miguel Álvarez de los Ríos es testigo de esa azotaina. En 1937 un celador, de un barberazo, casi le cercena el brazo izquierdo. El caudillo denunció como autor intelectual, en la tentativa de ese asesinato, a Guillermo Gutiérrez Vélez.

Fue señalado como político sectario, líder de la chusma. En 1948 la violencia desangraba la Provincia del Occidente de Caldas. Sus adversarios sostenían que “el alzatismo está conformado por una banda de rufianes”. Con sorna lo llamaban “Mayor Alzate”, “caudillo de alfandoque”, “caudillo de Versalles”, “furher de Manizales”, “el caudillo de la mandíbula protuberante” el “Duce panelo”. Ironías del destino. Cuando prematuramente murió, el liberalismo era alzatista y respaldaba su nombre para la presidencia de Colombia.

En 1943 estalló en Manizales una huelga de transportadores que Alzate comandó. Hubo muertos y fue señalado como incitador de los hechos trágicos. Rindió indagatoria. Con fría objetividad intelectual puede calificarse como geniales las respuestas que le dio al investigador. Es una pieza de antología.

Como secuela de la misma huelga, las autoridades militares ordenaron su captura por ser el agitador de los desmanes. Huyó. Se escapó de incógnito, con gafas negras, peluca encrespada y atuendo campesino, tomó tren con sus maletas, rumbo a Cartago. En Pereira lo descubrieron, fue detenido, y en un carro de bomberos, vigilado por detectives, fue puesto a órdenes del Ejército sindicado de delito militar.  

Alzate fue un personaje cumbre en la política nacional. De él dijo Alberto Lleras en 1943 cuando era ministro de Gobierno: “Alzates Avendaños hay muy pocos en este país”. Juan Lozano intuyó el caudal pasional que convocaba y escribió: “Es el único con la capacidad para realizar una revolución en Colombia. Porque si la oportunidad le llega, la realiza. El deber del liberalismo es no darle esa oportunidad”.

El Mariscal se autodefinió con desenfadada claridad: “Sobre mí gravita un ancestro guerrero. Tengo demasiados capitanes detrás. Yo me siento literalmente abrumado por la pesadumbre de tantos lauros marciales. Aunque yo soy la primera generación literaria de mi familia, en mi estilo existe una influencia atávica que me lleva a entender que la vida es milicia. En este tránsito familiar de las armas hacia las letras, se me han quedado demasiados rostros guerrilleros, lo que hago es combatir, aunque sea con palabras”.

 

 

 

 


Powered by