opinión |

Felipe Córdoba Larrarte


Pereira es un imperio. Tiene el calor sensual de Medellín y la temperatura intelectual de Manizales. Su geografía es idílica. El rio Otún moja sus calles y arriba satura el verdor de la cordillera. No conoce veranos largos, ni el invierno se estaciona en su tibia geografía. Sus mujeres son guitarras caminantes, de ojos de fuego con dimensión de asombro, con estéticas soñadas por arquitectos celestiales. Ciudad de futuros. Sus comandantes cívicos la sueñan grande, crecida verticalmente pese a su ancha topografía de horizontes planos.  
Tiene agallas. Pereira no solo es una inmensa fábrica industrial, que también es taller de inteligencias. Más de 50 mil alumnos acumulan sabidurías en sus universidades. Ni Alzate, ni Jaramillo Ocampo, por razones varias, coronaron sus ambiciones en la gran gerencia de la nación. En la tierra de Cañarte nació César Gaviria Trujillo, controvertido presidente como todos, con cerebro pasmosamente frío y personalidad hecha de antagonismos. Es maquiavélico y visionario. Sus hijos muy selectos, conocen las alturas. Hernán Vallejo Mejía, ministro, muerto en la alborada de la vida, era presidenciable. Jorge Mario Eastman estuvo al frente de varias carteras, también fue embajador y supo cómo se maneja el país cuando, timón en mano, condujo a veces la nave del Estado. Fabio Villegas Ramírez se saturó de las intimidades del poder y terminó en la dirección de Avianca. Luis Carlos Villegas, nieto de Salamina, fue gobernador, por muchos años director de la Andi y acaba de entregar la cartera del Ministerio de Defensa. Roberto Vélez Vallejo, joven brillante, con sabiduría práctica, es el mandón mayor de la Federación Nacional de Cafeteros. De Pereira son Luis Carlos González, poeta sarcástico, autor de finas rimas populares, el novelista Benjamín Baena Hoyos, el resplandeciente Miguel Álvarez de los Ríos, Daniel Trujillo, rumboso creador de fantasías y conceptualmente el agudo escritor Alberto Zuluaga Trujillo. No son muchas las ciudades de Colombia con prosapia tan pinchada, de mente entaconada y una ambición terrígena que la sacude y proyecta. 
Falta hablar de otro portento humano, orgullosamente pereirano: Felipe Córdoba Larrarte, nuevo Contralor General de la República. ¿Qué audacias desplegó, qué pinzas utilizó para seleccionar circunstancias, tiempo y ocasión, qué inteligencia y cultura evidenció para convencer antípodas intereses? El parlamento es una leonera. Allí se agrupan apetitos disímiles, rivalidades de personas y regiones, importancias inconclusas, demagogos alborotados y unos pocos estadistas que manejan la gran batuta que desbarata tempestades y selecciona destinos. Ese mundo es una selva poblada de fieras con dientes afilados. ¡Qué flauta encantada necesita el mago que desee conquistar y manejar ese organismo multifacético!
Entonces cabe investigar quién es Felipe Córdoba. Será ambicioso. Sentirá la vida como una jaula. Hay que abrirla para volar. Será disciplinado. Tendrá vigilias prolongadas para saturarse de libros técnicos. Lo acosarán los almanaques, habrá prioridades impostergables y calendarios a cumplir. Acumulará erudición. Hablará con destello ante los sabios, será un sorpresivo cofre de conocimientos. Los pereiranos de importancia nacional empezaron sirviendo la ciudad. Hernán Vallejo fue su alcalde. César Gaviria Jefe de Planeación del Departamento. Eastman, jefe de Valorización Municipal. Córdoba surgió, como ellos, de livianos compromisos. Secretario de Gobierno municipal, asesor del gobernador Víctor Manuel Tamayo. Después se nacionalizó. Contralor Delegado, subcontralor General, auditor de la Nación, director de la Federación de Departamentos y ahora contralor general, el segundo cargo más destacado, después de la Presidencia de la República. Tiene 38 años. ¿Qué más sorpresas nos dará?
Admirable la autenticidad de Córdoba. No se columpia en apellidos, no habla de linajes, (que los tiene), no restrega connotaciones recibidas, no exhibe ínfulas. Orgulloso de su tierra, está comprometido consigo mismo para abrir sin cansancio las puertas de la historia. Concomitantemente es un hombre humilde. No conoce petulancias, no sabe de autoelogios, no maneja espejos engañosos y se desliza sin boato para no estorbar a nadie. Por eso llega a donde quiere. En el cerebro apertrechado está su corona de laurel.
Lo envidiarán. Habrá adjetivos despectivos, negarán los valores sobre los cuales trabaja su juvenil estatua. Con salivazos fétidos, más cemento y cascajo, decía el inolvidable Alzate, se cincela un pedestal. ¿Para dónde va Córdoba?


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