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Vísperas de mucho…


Por más que las señoras sacaran hace un mes árboles, moños y bolas; el comercio se llenara de fofos de gordinflones rojos y las emisoras vomiten desde septiembre las consabidas vulgaridades paisas, la Navidad empieza hoy. La hermosa tradición del Alumbrado anuncia la fiesta de la Inmaculada Concepción.
Las vísperas comenzaron cuando el cristianismo era secreto y los rituales se hacían por la noche en sigilo. Desde entonces las celebraciones religiosas más importantes comenzaban la tarde anterior. Luego derivaron en festejos profanos o simple jolgorio y por eso hoy tiene más importancia el 7 que el 8 de diciembre.
El anticipo forzado de la Navidad diluyó el simbolismo de la fecundación sin intervención masculina o mito de la metempsicosis. Una paradoja, por ser uno de los pilares del cristianismo y girar en torno de la mujer más importante de la historia de dos milenios. Hasta la literatura bíblica es avara con María: la fuente más confiable es un protoevangelio atribuido a Santiago el Menor, que la Iglesia prohibió por contener relatos contrarios a sus intereses.
Tan fascinante personaje reúne características de antiguas deidades paganas, desde la ancestral Madre Tierra dadora de vida y alimentos: la fiesta de la Virgen de la Candelaria ‘coincide’ con la cosecha del maíz. Tiene rasgos de Isis, diosa de los cereales y prototipo de madre ideal en el Egipto faraónico; se la representaba adornada con joyas, dando de mamar al niño Horus. Así comenzó a ser mostrada María en la Edad Media: ahí están las ‘madonas’ italianas del Renacimiento y aún hay imágenes con espigas de trigo en las manos. También ‘heredó’ el título de ‘Stella maris’ o estrella de los mares.
Otras diosas precristianas que contribuyeron a configurar a la madre de Jesús, son Venus Cuacina, señora de las cosas silvestres, Ceres, Artemisa y Astarté. De Anunitu deidad mesopotámica de la fertilidad tomó el título de Reina de los Cielos, aunque María simbolice la renuncia al sexo. En territorio del actual Caldas, la Virgen de la Purificación absorbió a la Diosa de la Chicha. 
Mantuvo en el tiempo otra antigua creencia: la boda entre el Cielo y la Tierra. Se materializa en la concepción de Jesús por un ser celestial, el Espíritu Santo, en su vientre terrenal. De manera similar nacieron Hércules en Grecia y Mitra en Persia.
Pero a diferencia del cristianismo, las religiones precedentes no se preocuparon por la virginidad de sus divinidades. Las hubo muy alegres y ligeras de cascos. Al parecer, tampoco fue importante para los primeros cristianos: Pablo de Tarso, su verdadero fundador, no trató el asunto de la concepción virginal en la única mención que hizo de la madre de Jesús, en la carta a los Gálatas escrita en el 51 o 52 d.C.: “…envió Dios a su hijo, formado de una mujer, y sujeto a la ley” (4,4). Dio más importancia a su condición de hijo en el matrimonio.
En el cristianismo primitivo la figura de María como madre de Jesús fue secundaria, porque el culto a la virginidad es terrenal y jurídico, para garantizar la legitimidad de los hijos y conservar el patrimonio. Fueron los padres de la Iglesia medieval quienes le dieron carácter religioso. San Agustín escribió que la joven galilea “consagró su virginidad a Dios, cuando aún no sabía lo que debía concebir, para que la imitación de la vida celestial en el cuerpo terrenal y mortal se haga por voto, no por precepto”. (¿Cómo se enteraría?).
En aras de esa devoción, la Iglesia Católica fusionó y conservó tres antiguas creencias que antes pretendió erradicar: la Madre Tierra símbolo de fertilidad; la madre libre de pecado que concibe sin conocer hombre y da a luz a un Dios, y la virginidad como símbolo de pureza.
Todo esto y más encierra la fiesta de la Inmaculada Concepción, hoy reducida a unas vísperas luminosas, entrañables y parranderas. Son más esplendorosas en el campo y los pueblos, donde las sociedades son matriarcales y consensuales. Desaparecen de las sociedades urbanas, autoritarias y patriarcales. 
El descuido de la cultura popular religiosa por los curas, la desacralización social y la obsesión por anticipar la Navidad y reducirla a festín consumista, convirtieron el 7 de diciembre en vísperas de mucho, día de nada.


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