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Serenata, ya ni en los pueblos


El rasgueo de guitarras rompe el silencio de la noche. Un hombre enamorado canta su amor ante el balcón o la ventana de su amada. Es una serenata. 
Todo comenzó unas semanas atrás, cuando el pretendiente empezó a plantarse en la esquina, a esperar que la mujer que lo extasiaba se asomara o saliera. Pasaba las horas pastoreándola. El respeto y la timidez lo sembraban ahí, pero enviaba razones con amigas comunes o parientas celestinas. Cuando amanecía lanzado le hacía llegar alguna flor o una tarjetica de mensaje ambiguo. Tanteaba el ambiente en espera de una señal, un guiño por leve que fuera, indicio de que sería aceptado: una mirada, una sonrisa leve, un saludo en la calle.
De darse, el siguiente paso era pedir permiso al papá de la joven para visitarla en la sala “a horas decentes”. Se le concedía siempre y cuando llevara “intenciones serias, jovencito”. La entrada en casa ocurría en presencia de un candelabro, una hermanita menor de la pretendida; una ‘chaperona’ cuando era una tía soltera. Si la damisela no frustraba al galán con las temidas calabazas, habría salidas diurnas a la fuente de soda, a dar vueltas en el parque o a sentarse en un muro a charlar, siempre vigilados. O idas a misa.
La mejor manera de proclamar el noviazgo era con serenata, una de las poquísimas buenas herencias que dejaron los españoles. La costumbre original incluía escalar el balcón para recibir retribución amorosa. Para proteger la honra de la doncella, los papás recibían al enamorado con baldados de agua fría o vaciándole la bacinilla. La táctica se aplicó acá cuando el pretendiente no caía bien.
La primera canción era clave para despertar a la novia. Ésta encendía la luz para avisar que escuchaba. Si la noche era cálida se asomaba, y si el novio “era de confianza” se levantaba toda la familia y hasta hacían pasar al enamorado y los músicos. Se volvía serenata de sala. Lo usual era que al terminar el canto, aquella se asomara durante un instante para agradecer con un gesto.
El vecindario también disfrutaba: en una ocasión una vecina se deleitó con cada canción, pero la destinataria no dio señal. Apenas terminó la de la despedida, aquella felicitó: “Muy linda la serenata, pero allá no hay nadie”. El día siguiente la cantata era la comidilla: se hablaba de las canciones, la manera de tocar y sobre todo de los enamorados. Que si el noviazgo iba a pelechar; que si el novio era un paranadas o un lucero; que si la novia era una contemplada o muy hacendosita, en fin.
Los repertorios eran canciones autóctonas acompañadas por estudiantinas o con un simple tiple; tanto vocales como instrumentales. El bambuco serenatero por excelencia lo compuso en 1890 Alejandro Flórez, hermano menor de Julio Flórez, que fue cantado hasta por Gardel: ‘Asómate a la ventana’. También: ‘Rumor de serenata’, ‘Perdona si te desvelo’, ‘Serenata del campo’ y muchos más. Cuando se impuso el bolero, el bambuco estaba tan arraigado que sobrevivió el embate. 
La rondalla también sirve para reclamar y despedirse. El carácter amoroso de una canción también se manifiesta en el dolor. El lenguaje es clave: mientras más delicado sea el reproche el efecto será mejor, pues la novia no podrá decir que fue agredida y sus sentimientos serán más encontrados.
En nuestra música tradicional, la costumbre asignó papeles específicos a los dos ritmos principales: con bambucos se declara el amor, mientras el dolor y hasta el odio se expresan con pasillos. 
La serenata se pierde: es imposible llevarla a una mujer que vive en un sexto piso, rodeada de gente que no admite más ruido que el propio y perros que nadie acalla. En la traquetocracia que es Colombia sobrevive la serenata con mariachi y amplificador portátil, trompetas destempladas, lamentables imitaciones de los bramidos de Vicente Fernández y letras como para cortarse las venas. 
Tal vez el peor enemigo sean las actuales costumbres de cortejo, pragmáticas y nada románticas. Como decía hace años una señora: “Antes para cogerle un dedo a una, había que traerle serenata. Ahora nos empelotan con una canción”.
“Se oye un rumor lejano de serenata…”. Cada vez más lejano. Inaudible…


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