opinión |

Lugares sin identidad


Cuando las aldeas crecieron transformándose en ciudades, las calles fundacionales conservaron los nombres primigenios. Son denominaciones ancestrales, a veces asignados por culturas nativas ya desaparecidas o que recuerdan episodios clave en las historias locales. Las vías nuevas fueron numeradas.
En las culturas anglosajonas supieron mezclar toponimia y nomenclatura, hasta convertir un simple nombre en atractivo turístico. Los ejemplos abundan: los parisinos Campos Elíseos, para citar uno. 
Lo contrario ocurre en Colombia. Aquí los topónimos originales son sustituidos con nombres de personas que nadie sabe quiénes fueron (o son), con el pretexto de rendirles homenaje, así se ignore qué hicieron o fuera precario su aporte a la sociedad. No cuesta un peso y se saldan deudas históricas con cheques sin fondos.
Algunas avenidas de Manizales lo demuestran: Kevin Ángel, Alberto Mendoza Hoyos fueron personas muy queridas, gente cívica que sirvió a la ciudad, no al departamento, ni cuando Mendoza lo gobernó. Cuando en marzo de 2013, Bernardo Mejía Prieto, de “buena papa” quiso explicar en una columna por qué la vía debía llevar el nombre del exgobernador, no supo dar razón y prefirió describir la dificultad de la obra. Sin tener talla de próceres, vayan y vengan los nombres.
Pero, ¿Gilberto Alzate Avendaño? Bueno es recordar que fue uno de los líderes del fascismo criollo, junto con Laureano Gómez. Explotó su semejanza física con el dictador italiano Benito Mussolini, socio de Hitler, y formó en la pacata Manizales de entonces un grupo de ‘camisas negras’, a usanza de la fuerza de choque del ‘Duce’ y las SS hitlerianas. Ciertamente, no fue un ejemplo para la posteridad, ni nombre para una avenida.
Cuando no se apela a antroponímicos, se asestan nombres anodinos y hasta tontos, como Parque del Agua, por orden del olvidable alcalde Rojas, cuya originalidad amerita una estatua de hielo allí. Antes rememoraba al presidente Olaya Herrera, hoy borrado del recuerdo. Pero cumplía con uno de los requisitos para ser parte del folclor urbano: tenía más de 80 años como punto de referencia. Era parte de la identidad.
Tres nombres ancestrales han sobrevivido inexplicablemente en la toponimia manizaleña: Cumanday no exalta el desaparecido teatro; es el nombre prehispánico del Nevado del Ruiz; La Pichinga, vocablo que podría ser tanto indígena como africano, y el Alto del Perro. Se remonta a los tiempos de la fundación, pues allí se extravió un can de los fundadores que buscaban dónde asentarse. Pertenece a la historia local y, aunque pudiera parecerlo, no alude a los políticos del reciente medio siglo. (Quizás sea inminente el decreto mediante el cual se llamará Octavio Cardona Hill, o algo así).
Toda esta parrafada surge del alebreste que hay con la biblioteca ‘Álvaro Uribe Vélez’ del corregimiento caleño de El Saladito, de estrato 180. En 2004, don Mario Wagner, de lejanísimo origen marmateño, y su esposa doña Maruja pidieron al entonces presidente dotarla con libros, cosa que éste hizo en cumplimiento del mandato constitucional de hacer algo bueno por el país. 
En gratitud, los esposos dieron al lugar el nombre del benefactor. Cuando fue incorporado a la Red de Bibliotecas Públicas de Cali, se quiso cambiarlo pues la ley prohíbe dar a espacios comunitarios nombres de personas vivas. Y menos, vivísimas. Misiá Maruja se paró en la raya diciendo que “la biblioteca existe gracias a ella y tiene el derecho a ponerle el nombre que quiera”. El derecho individual por encima del bien público.
Ella, y los gobernantes que obran igual, ignoran que tales acciones aceleran la pérdida de la identidad. O les importa un bledo. Después no se lamenten porque la gente no tiene sentido de pertenencia. ¿Cómo lo tendrá con lo que le es extraño?
Como las cosas no van a cambiar y homenajes pendientes siempre habrá, lo menos que puede pedirse es coherencia: que el lugar rebautizado sea usado para las actividades que ‘engrandecieron’ a la persona que les da su nombre. Por ejemplo, que Alzate Avendaño no sea avenida, sino un crematorio; que Aquilino Villegas no sea puente ni barrio, sino sala de redacción. O que Álvaro Uribe no sea biblioteca sino laboratorio clínico, de donde salen negativos y positivos. Y en días de descache, falsos negativos y falsos positivos.

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