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Jugando en los prados del Señor


De toda la riqueza biológica que ha producido la evolución, el ser humano es la única especie capaz de modificar drásticamente el entorno en donde vive, muchas veces para bien pero también para mal.

Para construir un entorno más favorable utilizamos nuestra inteligencia, generalmente expresada en la ingeniería que se nutre de siglos de ensayo y error, de las matemáticas que predicen con mucha precisión el comportamiento de las estructuras.

Esto ha acelerado nuestra capacidad para construir ciudades y para pasar de las viviendas a ras de suelo a los grandes edificios que inundan hoy la mayoría de las ciudades del planeta. La ingeniería nos permitió también gozar de las grandes autopistas, las represas y los acueductos. Es increíble que los cálculos resulten acertados en la mayor parte de los casos, y los edificios o los puentes no se nos caigan en la cabeza.

Lamentablemente en Colombia en los últimos años hemos tenido grandes fallas en los cálculos de la ingeniería que han costado vidas y esperanzas de desarrollo. El puente de Chirajara se desplomó, en opinión de los técnicos estadounidenses, por errores de diseño. En Medellín varias edificaciones tuvieron que ser demolidas por fallas estructurales y en Cartagena edificios han caído segando decenas de vidas humanas.

Pero la represa de Hidroituango constituye tal vez el ejemplo más terrible de las dificultades de la ingeniería para predecir el comportamiento de la naturaleza, poniendo en riesgo no a decenas sino a cientos de miles de vidas de la rivera del río Cauca. Al parecer los estudios de factibilidad de esta obra vienen desde la década de los 60, y han mostrado la fragilidad de la geología de la cuenca, indicando la necesidad de un manejo riguroso de cualquier proyecto hidroeléctrico que se quiera desarrollar.

Sea cual sea la razón de la falla en las predicciones, lo cierto es que desde hace más de dos meses miles de familias están por fuera de sus casas, lejos de sus medios de subsistencia, viviendo hacinados en carpas y cambuches, recibiendo un salario para no hacer nada, viendo languidecer los mecanismos comunitarios de supervivencia que han desarrollado por generaciones. Una sociedad destruida a la espera de no se sabe qué. Porque la mayor calamidad de Hidroituango es la falta de información. Nadie sabe qué sucederá o cuándo dejará de suceder. No hay en el horizonte una certeza de cuándo podrán las familias desplazadas retornar a casa.

Entonces uno se pregunta hasta dónde podemos ejercer con la naturaleza nuestros juegos de poder. Hasta dónde debemos confiar en nuestra inteligencia y nuestra ciencia para cambiar los rumbos naturales de la tierra en favor de nuestras necesidades, muchas de ellas financieras. Quizás debiéramos incorporar ciertos límites a nuestros proyectos; o quizás los límites están dichos, en las licencias ambientales, pero nuestro afán por el lucro nos hace pasar de largo. Quizás necesitamos un tacho remacho, no juego más, al menos con obras tan monumentales como Hidroituango que pueden amenazarnos con la aniquilación.


Javier Moncayo Plata

Director Ejecutivo - PDPMC


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