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Y nos quedaron faltando 3


El asesinato del reportero gráfico Paúl Rivas, del periodista Javier Ortega y del conductor Efraín Segarra, del diario El Comercio, de Quito (Ecuador), después de ser secuestrados cuando iban a misión en la frontera colomboecuatoriana nos duele hasta el tuétano a sus colegas colombianos, tanto como a los ecuatorianos.

Esto tiene varias razones, una de ellas, porque somos conscientes de la indolencia del gobierno colombiano con los periodistas, lo que le valió el título de Estado depredador, como lo llamó la Fundación para la Libertad de Prensa (Flip) en su informe anual presentado el pasado 9 de febrero, Día del Periodista en Colombia.

Eso no tenían por qué saberlo los colegas que fueron a hacer lo que tenían que hacer, periodismo, en una zona compleja en donde el Estado simplemente no existe. Como en tantos otros lugares de Colombia, en donde lo poco que se sabe es porque hay periodistas valientes que, contra todo y por vocación, deciden decirlo. Porque el Gobierno se acostumbró a decir en un lenguaje bobalicón que todos los partes son de tranquilidad, que las cosas no son tan graves como parecen y que todo se puede solucionar por arte de birlibirloque. Sin embargo, ahí están los muertos que lo enteran, aunque parece que ni así se da cuenta de la gravedad de lo que sucede en nuestras fronteras, siempre abandonadas.

Escribo molesto, furioso con el tal Guacho y todos sus secuaces; indignado con el Gobierno colombiano, y apenado con los colegas ecuatorianos y las familias de los asesinados que hoy padecen lo que tantas veces hemos sufrido en nuestro país. Ellos no tienen la culpa de vivir al lado de un país sin Estado como es Colombia.

Esos muertos son nuestros. Me importa un pepino si ocurrieron al otro lado de la frontera o en esta, son nuestros. Deben estar en las vergonzosas estadísticas de periodistas asesinados en Colombia, porque lo que sucede en nuestro sur y en su norte es el mismo fenómeno, producto de la delincuencia organizada crecida con los años y tras la complicidad pasmosa de nuestros estados.

Que no vengan ahora, como acostumbran los políticos y los jefes de Policía y Ejército, a decir que no, que eran de allá, que fue del mojón al otro lado. Nada de eso, esos tres que hoy nos quedan faltando son tan nuestros como ecuatorianos.

Hacer periodismo cuesta, hasta la vida como en este caso, pero alguien tiene que decir la verdad, y no podemos ser tan tranquilos de sentarnos a esperar que esta nos la digan los políticos o los militares, criados en la escuela de la mentira y de las verdades a medias. Así fue como durante 18 días se hicieron los de la vista gorda con este caso. Que nos cuenten quién en la noche del miércoles santo fue la alta fuente militar que le contó a El Tiempo que los periodistas habían sido liberados, como lo publicó esa casa editorial el Jueves Santo y de lo que pocos hablamos porque andábamos de vacaciones. En ese momento estaban vivos y nada se hizo para traerlos a salvo de nuevo a sus trabajos.

Que no se llame a engaños. Los principales responsables de la muerte de Paúl, de Javier y de Efraín son los delincuentes que los secuestraron y los mataron a sangre fría. Esa culpa no es de nadie más. Eso sí, que los gobiernos admitan lo poco que hicieron o permitieron para que volvieran con vida. Esa es también su responsabilidad.

Hoy nos quedan faltando 3 y lo sentimos en lo más profundo. No los conocí, pero me duelen como si los conociera. Vendrán las reflexiones, llegarán pronto operativos para mostrar los resultados en esa área, pero nada nos devolverá a los asesinados como no nos han devuelto a los 155 periodistas asesinados en Colombia -corrijo 158-, el país con un Estado depredador de sus periodistas y de la libertad de prensa. Para la muestra, tres cruces más. #NoMásImpunidad #NoMásCensura por favor. Mi abrazo solidario para todos los colegas ecuatorianos, muchos de ellos mis amigos, aunque no sirva para nada.

 


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