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Venezolanos: reconstruir la vida en un país ajeno


Santiago Cruz Hoyos

COLPRENSA | LA PATRIA | CALI

I

Cuando hablan de su patria, los ojos de los venezolanos se humedecen. La voz, sin embargo, como si se tratara de un acto de dignidad, no se quiebra. Es el tono elevado y fluido de quien declara un amor genuino. Amor a la patria.

Les sucede a todos, sin distingo de estrato social, nivel académico o cualquiera de esas convenciones que nos dividen: un exmilitar que se encontraba en la capilla de la Terminal de Transportes de Cali; un jovencito que permanece todos los días en un semáforo del barrio El Ingenio vendiendo bananas; el chef del restaurante La Hacienda El Bosque; una maestra que llegó a la ciudad con un grupo de 13 compañeros de viaje, entre ellos 5 niños, y que solo preguntaban en la Terminal por agua para la sed y un baño público donde ducharse después de 4 días de viaje, nada más.

La mayoría de ellos no sabían muy bien lo que sería de sus vidas en los próximos meses, pero – sin conocerse entre sí – mencionaron un propósito en común: retornar “algún día” para reconstruir a Venezuela, “ y más nunca nos la vamos a dejar quitar”, prometió enérgico el chef, y enseguida se quitó las gafas para secarse sus ojos humedecidos.

 

II

Mientras el exmilitar Landys Montilla transitaba por el puente Simón Bolívar que comunica a Venezuela con Colombia, hablaba por celular con su madre. Ella, tan sabia a sus 80 años, le dijo: “ aquí no se vale extrañar a nadie. Aquí – le repitió – no se vale extrañar a nadie. No nos lo podemos permitir”.

Era una manera de decirle “vete tranquilo, sin mirar atrás, sin remordimientos por lo que dejas, por las personas que dejas”. En Venezuela no hay posibilidad de dudar, de extrañar, de pensar si sí o no inmigrar. Es, por ahora, un país invivible: el salario mínimo equivale a tres dólares mientras que la inflación llegó al 223 por ciento.

No hay alternativa, sobre todo, si, como Landys, se es acusado por el gobierno de traicionar a la patria. La policía política del presidente Nicolás Maduro visitó su casa 40 veces durante los últimos meses. Sin órdenes judiciales. También se emitió una orden de expropiación de su vivienda, pero Landys tuvo el cuidado de escriturar su casa a nombre de otra persona.

La persecución, sospecha él, se debe a la oposición que ha realizado a diferentes decisiones del gobierno. Además de exmilitar, Landys es químico con varias especializaciones, y durante 12 años fue servidor público al formar parte de la Universidad Bolivariana, fundada en 2003 por decreto presidencial.

Según su relato, el gobierno intentó imponer en la universidad a los dirigentes cubanos, y ellos - las autoridades de la universidad- se opusieron. El Ministerio, entonces, le notificó que oponerse era traicionar a Venezuela, y por tanto perdía sus beneficios legales: la jubilación. En una lista de 202 militares expulsados para siempre del Ejército, el nombre de Landys figura en el puesto 72, además.

Tal vez por eso en el punto venezolano de la frontera con Colombia le rompieron sus documentos, y por poco se hizo efectiva una orden de captura que hay en su contra. Al capitán que lo pretendía arrestar Landys le advirtió que la única manera para que él no cruzara la frontera era matándolo. Lo dejaron seguir. Migración Colombia le otorgó un salvoconducto para que se pudiera mover por el país. También una simcard con la que se comunica vía Whatsapp con sus hijos, ahora en Chile, (los anteriores teléfonos de Landys están intervenidos) y con la que se puede contactar con los amigos colombianos que le prometieron darle una mano en una ciudad del sur del país.

Para llegar allí, a Landys le faltaban $10 mil colombianos: un salario mínimo en Venezuela. Él, con una vida estable, no holgada pero estable, con un chalet como casa, químico de profesión, con especializaciones, exmilitar, exvicerrector de una universidad, le faltaban apenas $10 mil para llegar donde sus amigos.

La migración venezolana, decía Landy entre lágrimas mientras descansaba en una de las bancas de la capilla de la Terminal, no es un asunto de ricos o pobres. No es que los ricos puedan bandeárselas mientras que los pobres deban salir, no. Todos son pobres ahora.

Para todos todo está más escaso y por ende, más caro. Por eso a diferencia de la migración colombiana a Venezuela, cuando los que fueron era la gente del campo, o los obreros, o los jóvenes que buscaban una aventura, la migración venezolana hacia Colombia es distinta. Todos están saliendo. Los del campo, los de las ciudades, los profesionales, los que tenían un empleo y los que eran dueños de empresas, todos. En el restaurante La Hacienda El Bosque el chef venezolano Jesús Antonio Bonilla asiente.

III

Todo comenzó con un problema de salud de su padre, un constructor civil quien después de respirar polvo y cemento durante décadas los médicos le prohibieron volver al trabajo. Debido a ello Jesús Antonio Bonilla y su madre debieron buscar opciones para solventar los gastos de la casa. Él vio un zapallo, y le dijo a su mamá que hicieran juntos una torta para vender. Fue su primera receta. A partir de ese momento sabía que se convertiría en chef.

Con su madre y el resto de la familia abrieron una venta de empanadas venezolanas, que ampliaron a un carro del tamaño de un puesto de churros, y después a un quiosco, y después a un restaurante de camino: ‘La paradina’. La idea era que los comensales pararan, picaran algo rápido, empanadas, arepas, fritos, y continuaran. Una de las hermanas de Jesús se llama Dina. ‘La paradina’.

Unos años después él abriría su propio restaurante, le iba bien, así que tenía lo suficiente como para ser dueño de su tiempo. Los lunes acostumbraba a ir al cine en Caracas. Los viernes visitaba un buen restaurante. Los sábados se iba a la playa. El resto de la semana la dedicaba a atender su familia y sus negocios. Una vida plena, tranquila, sin sobresaltos.

Todo se vino a pique con la crisis económica del país, que desencadenó la violencia y los secuestros. A un amigo suyo lo secuestraron y lo asesinaron. A Jesús le advirtieron que le podía pasar lo mismo. Él intentó aguantar. Finalmente es un emprendedor, y el emprendedor es alguien que persiste. En sus clases de emprendimiento les decía a los aspirantes a chef que sí se podía salir adelante pese a la crisis, que lo intentaran. Pero cuando supo que su vida y la de su familia corría peligro lo dejó todo.

Jesús llegó a Cali, para trabajar en el Hotel Spiwak. Es un momento de quiebre: dejar de ser empresario, de dar oportunidades, a ser un empleado. Cruzar la frontera como inmigrante es convertirse en alguien muy diferente.

La esposa de Jesús tenía un embarazo de siete meses, y dejarlos a ella y a su otro hijo en Venezuela, donde ya escaseaban los medicamentos, no era una opción. Viajaron todos. Para pagar el primer mes del alquiler de un cuarto, mientras recibía su primer sueldo, Jesús debió empeñar su computadora. En Venezuela vivía en una casa de tres pisos con piscina.

Los amigos que hizo Cali se encargaron de todo lo demás. Alguien le regaló el televisor, alguien le obsequió una sala que ya no utilizaba, el de más allá le vendió una nevera a precio de ganga, otro amigo le dejó una cama, y esa solidaridad y el clima hizo que Jesús amara este país, que le dio una oportunidad primero en el Spiwak, después en el Marriot y ahora en la Hacienda El Bosque. En Cali, también, nació su segundo hijo pese a no contar en su momento con los $600 mil que le costaba el parto, cuando en Venezuela, mientras todo iba bien, era de los que podía pagar las mejores clínicas.

Entonces Jesús asiente: la migración venezolana no es un asunto de ricos o pobres. No es una problemática que les pase a los “otros”. Es todo un país que se está viendo obligado a huir. Como si un día tuviéramos una casa, una cuenta bancaria abultada, un trabajo, y al siguiente la única alternativa es escapar con lo que se lleva puesto en un bus o caminando por una carretera.

IV

Cali es un puerto de tránsito para los venezolanos. La mayoría hace una parada en la ciudad para continuar hacia el sur: Ecuador, Perú. Ese era el destino de la maestra y el grupo de 13 viajeros que estaban en la terminal preguntando por agua para beber y un baño para ducharse después de 4 días de viaje, nada más. Los que se quedan y no tienen los conocimientos y estudios de Jesús como para buscarse un empleo, se dedican a otros menesteres.

Alfredo Suárez madruga a vender bananas en un semáforo del barrio El Ingenio y con ello le alcanza para pagar un cuarto junto a otros 5 compatriotas y ahorrar para enviarle dinero a su familia. Al día hace entre $20 y $30 mil pesos, bajo un sol voraz del que solo se protege al mediodía, cuando descansa bajo la sombra de un árbol. Alfredo sabe trabajar en construcción, pero debido a que no tiene pasaporte en Colombia nadie le da trabajo. Sin los documentos en regla no es posible afiliarlo a la seguridad social.

En todo caso tener una manera de ganarse la vida dignamente es algo en lo que les insiste a diario a los venezolanos Limbania Hernández de Ramírez. Es quien los atiende en la Capilla de la Terminal de Transportes de la ciudad.

La capilla es de las Hermanas del Buen Pastor, aunque Limbania aclara que no es monja. “Soy una laica comprometida desde hace 30 años con la Pastoral de Migrantes”, dice orgullosa.

En la Capilla les facilita una ficha donde los 30 venezolanos que en promedio llegan a diario a Cali responden sus datos básicos: nombre, la ciudad donde provienen, el motivo. Mientras los escucha, Limbania piensa de qué manera los puede ayudar. A quienes vienen con niños que no han comido durante horas les consigue almuerzos en los restaurantes de la Terminal, como el Paila de Cobre, donde por cierto Limbania tiene una de sus pocas tocayas “quien me colabora mucho”.

A los venezolanos también les consigue descuentos con las empresas de buses para que continúen su viaje. Pero con los que están a las afueras de la Terminal desde hace semanas es clara: hay que tener un propósito. Busquen una manera de ganarse la vida. No terminen en la mendicidad. Ser inmigrante no es ser mendigo. Algunos, dice Limbania, se están acostumbrando a que las ayudas les llegan donde están sentados. Les llega comida, ropa, medicina. Pero eso, ella lo sabe bien, será durante algunos meses.

Tener un propósito, entonces, es tener esperanza, les dice Limbania cuando los visita muy temprano, a eso de las 7:30 a.m. Hay que tener un norte para empezar a construir un proyecto de vida así todo esté cuesta arriba, así se empiece de nuevo como casi nadie empieza: caminando en un país extraño por una carretera.

Landys Montilla, el exmilitar, antes de tomar un bus para continuar su viaje hizo una promesa: reinventará su vida lejos de su tierra, pero si esta noche cae Maduro, en la madrugada él estará de regreso para reconstruir a Venezuela.

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