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El peso de caminar con los pies rotos


Helena Sánchez Tovar

COLPRENSA | LA PATRIA | CÚCUTA

Los pies se ven blanquísimos, fríos, tiesos cuando se arrancan las medias que, en la sacudida, rocían a veces talco, a veces tierra.

Debajo, sobresalen hinchadas marcas bajo la raíz de los dedos, donde se flexiona el pie y siente el peso de las maletas y una vida incierta.

Son ampollas que los caminantes venezolanos llevan consigo, para recorrer los 196 kilómetros entre Cúcuta y Bucaramanga, y que en el diminuto puente ubicado a la entrada al barrio Chíchira (Pamplona), revientan una y otra vez, lamentando el duro trayecto y el que falta por recorrer.

La caminata, lo que dejaron atrás, y los motivos para salir son lo más difícil, dicen, al tomar la decisión de cruzar la línea fronteriza para aventurarse hacia lugares desconocidos, con la esperanza de trabajar, enviar algo a los que se quedaron, y seguir viviendo mientras se arregla Venezuela.

Fuera de Cúcuta, todo es distinto, pues dicen que el trato displicente se compensa en el trayecto y en el punto de quiebre de muchos: Pamplona.

El frío, los miedos, el cansancio, se unen allí, tras dos días desfilando por la vía nacional, con esguinces, principios de hipotermia, confusión, dolor de cabeza, y desgarres.

Es ahí donde las chanclas se revientan, donde los pies no dan más, donde el ánimo flaquea, pero también, donde un oasis de bondad los reanima.

Allí encuentran a Martha Socorro Duque Vera, lideresa social de Pamplona, vive en la primera casa entrando a la ciudad, en el paso obligado de los venezolanos.

En una caseta de madera, donde antes había un vehículo, pasan la noche 20 personas en un albergue improvisado, para que no duerman a la intemperie.

“Es muy duro ver a las personas enrolladas en una sábana, en este frío”, dice.

En su casa aloja mamás lactantes con sus bebés y, en ocasiones, dispone de otras áreas de su hogar, por la cantidad de gente que llega.

Afirma que en este momento está en riesgo la vida de las personas, y se le ve adolorida por cada escena y cada historia.

“Me dolió mucho que estuvo una señora acá con su pareja y un bebé, y se quería bañar; le ofrecí champú y se puso a llorar. Dijo que no tenía cabello porque se lo habían quitado todo”, en La Parada (Villa del Rosario), donde las mafias imponen su ley, sus cobros y sus reglas para quienes entran al país por las trochas.

También está el ICU Pamplona (Instituto de Caridad Universal), organización civil que apoya a los venezolanos.

José Luis Muñoz afirma que a la fecha se han entregado más de 600 piezas de ropa y en el registro hay hasta profesores y exempleados del gobierno venezolano.

Ellos se encargaron de instalar una pancarta en el puente del barrio Chíchira, donde se reúnen los inmigrantes para descansar, frente a la casa de Duque.

Solos, armaron la infografía de la ruta que indica a los caminantes la altura, el riesgo y los sitios a los que llegarán.

También dicen cómo ayudar con cobijas, chaquetas, medias, gorros, zapatos que no se usen, así como bocadillos, agua, panela y comida.

“Al menos se les da un aliento, para que no pierdan la luz”, dice Muñoz, quien permanece alerta para quien necesite auxilio pues, “aquí no hay sábados, no hay domingos, no hay festivos; aquí todos los días está la necesidad sentida”.

El trayecto

La ruta de los migrantes incluye tres horas de camino, pegados al filo de las montañas de unas vías hechas para automóviles y tractomulas, jamás para flacos venezolanos con maletas, y media o una hora de descanso, para seguir silenciosos, casi sin disfrutar del paisaje, con la mirada al frente o al piso, dependiendo del ánimo.

Los que van con familiares y amigos son más entusiastas que quienes transitan solos, o sintiendo que lo están.

Las mujeres solas, o con niños, logran que conductores de camiones, buses y carros particulares las lleven por tramos.

En la estación de gasolina ubicada en la salida de Pamplona, a Luis Miguel Figueredo le tiemblan los labios, las mejillas, las manos, las pupilas, pero no de frío; tiembla cuando recuerda.

Aunque va con su prima, que lo anima para que continúe, está acongojado.

Hace un mes y medio empezó su travesía. Estuvo un mes en Cúcuta, durmiendo varios días en la calle, hasta que logró trabajar una semana, conseguir “los pesitos”, pagar un arriendo, y el domingo 19 de agosto salieron a las 4 a.m. El martes, a las 9 a.m. estaba en esa estación.

“Todo este esfuerzo es porque tengo un hijo de cinco añitos”, dice, mientras piensa en que solo tenía para comer “cambur verde sancochado, y… Bueno, me van a hacer llorar”.

Sus pies resumen el trayecto: chanclas, medias envueltas en bolsas plásticas y unas almohadillas hechas con espuma de alguna colchoneta, amarradas para proteger los pies ampollados.

“Me regalaron unas chancleticas porque las que traía me dejaron a mitad de camino, en Pamplonita; allá abajo, se reventaron”, cuenta este escultor, que sabe trabajar con yeso, es constructor y carpintero. “Lo único que en realidad no he trabajado es mecánica, pa’ no mentir”.

Además de gratitud hacia los colombianos, que “en ningún momento nos han salido con una patada, como decían”, habla de su deseo de encontrar un trabajo y traer a su esposa y su hijo, con quienes solo ha conversado en tres ocasiones.

"Me cuesta hablar con ellos porque cada vez me voy en llanto... Me hace mucha falta mi hijo”.

El frío páramo

De La Laguna (Silos) hasta el páramo de Berlín (Santander) se recorren casi 40 kilómetros. Dependiendo del ritmo, se puede llegar pronto, como le ocurre al grupo de cinco amigos que conformó José Rafael Mora, quien partió a las 5 de la tarde del sábado, desde La Parada (Villa del Rosario), y el martes, a mediodía, iba en el páramo.

“La primera noche nos acostamos a las 12:45 por allá en un monte, llegó un carro y hasta nos asustaron, pero llevaba comida. Nos paramos a las 3 de la mañana, seguimos el recorrido y llegamos a Pamplona, a las 6 (p.m.)”, cuenta. “Ahí descansamos en un refugio porque el frío era terrible, y nos paramos a las 5 y media”.

El lunes descansaron cerca de La Laguna, "con un frío que no se aguantaba. A raticos nos parábamos a ver, ¡Cuándo va a amanecer aquí, pue’! Allí como que no pasan las horas”, pero sí, aclaró el día.

Sin bañarse desde que salieron, van rumbo a Ecuador, con una parada en Bucaramanga, y otras tantas agarrando monte para hacer del cuerpo, “porque no hay de otra”.

En el páramo, sin saber cómo, andan rápido, cantando, ya sin maletas, porque toda la ropa la tienen puesta.

Mora va con dos pantalones “porque el frío es terrible”, y uno de sus compañeros vació el bolso. Cuando se abre el saquillo lleva encima una pantaloneta, camisetas, y cuanto trapo hubo, para abrigarse de los tres grados centígrados.

Allí los zapatos pesan. Algunos tienen la suela lisa, otros se están ‘estrenando’ con los zapatos viejos que alguien les regaló.

¿Que si vale la pena arriesgar tanto? “Sí, porque uno va con la meta de hacer todo por la familia”.

Mora, albañil, estampador y ayudante de cocina, llevaba un año sin hacer nada, “adelgazando, adelgazando, y dije: yo me voy”, y pese al trajín, “estamos mejor”.

Sin embargo, el páramo asusta a los inmigrantes. Se escuchan historias de muertos, congelados, parejas y madres que murieron abrazados a sus hijos, pero ni Medicina Legal de Bucaramanga ni las autoridades locales tienen un solo reporte de los rumores, que aterran a los caminantes.

‘El piso no se ablanda’

Quienes no caben en el refugio de Pamplona, o desconocen su existencia, deben dormir a la intemperie, en inmediaciones de la antigua escuela Juan XXIII, y a las 9 p.m. salen en estampida cuando un carro llega con comida; esta vez, fue caldo y arepa.

Conforme transcurre la noche, de a poco, se les cierran los ojos. Envueltos en delgadas cobijas, en sábanas, con sus camisetas en la cabeza, a modo de gorros, tiemblan, y se acomodan tras los muros, “para cortar el frío”.

A medianoche, un par de mujeres que hablaban sobre Nicolás Maduro y sus políticas se cubren para intentar dormir.

A la una de la mañana, una leve llovizna levanta a algunos que, susurrando, recuerdan que les está yendo bien, que los colombianos no los maltratan, y que deben seguir.

Otro reacomodo, hasta las 2 a.m., cuando una nube más cargada de agua levanta a la decena de personas.

Los que alcanzan el resguardo bajo el techo de la escuela se vuelven a recostar; los que no, cruzan la autopista y esperan un rato, hasta que escampa, y retoman su lugar junto al muro.

Dicen que no se puede dormir, pero se oyen algunos ronquidos.

A las 4:30 de la mañana, aún está oscurísimo, y las ganas de orinar levantan a las mujeres.

Hasta pasadas las 5 el frío es penetrante, los levanta a todos, “porque el piso no se ablanda, ni se calienta”, y aunque estén desbaratados por dentro y por fuera, el trayecto no se puede quebrar.

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