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Bucaramanga, la ciudad de los parques convertidos en casa para los venezolanos


COLPRENSA | LA PATRIA | BUCARAMANGA

Los cerca de 400 venezolanos que llegan diariamente a Bucaramanga encuentran una ciudad entre el hastío y la impotencia. Aunque son más las caras amables que los reciben, el gran éxodo que recorre las principales vías del área metropolitana no ha escapado de la intolerancia.

En febrero de 2017, cuando Vanguardia Liberal publicó la Historia del profesional venezolano que duerme en un parque de Bucaramanga, ninguna fundación, ente de control o la misma población del vecino país previó la magnitud del éxodo. www.vanguardia.com/area-metropolitana/bucaramanga/390096-historia-del-profesional-venezolano-que-duerme-en-parque-de-bu.

El joven de la historia, licenciado en turismo de 27 años, sufrió en carne propia la desventaja de la falta de techo. Al no tener cómo pagar un hospedaje, tuvo que recurrir a dormir en el Parque Centenario, al Centro de Bucaramanga, lo que desmejoró su aspecto y le limitó las ofertas laborales.

Para la fecha, las autoridades locales calculaban que entre 15 y 80 venezolanos estaban en el área metropolitana de Bucaramanga en condición de habitantes de calle. El pasado 22 de agosto, la Personería municipal anunció que la cifra subió a 400 personas.

Además del Parque Centenario, el de Los Niños, el del Agua y el García Rovíra se han convertido en albergues improvisados para los migrantes. Incluso, antes de llegar a la ciudad, muchos migrantes saben a dónde deben dirigirse.

"Por chats o Facebook uno pregunta: hey pana, voy para Bucaramanga. ¿Alguien sabe en dónde puede descansar un rato? Y ahí responden... Antes decían que al García Rovira. Ahora toca es en El Parque del Agua", comentó Hayder Pinilla, un joven de 22 años que llegó a la ciudad con su primo, un exmilitar venezolano.

Lo que en otras épocas era un espacio verde de alegría para grandes y chicos, que hizo famosa a Bucaramanga con su apodo de 'La Ciudad de los Parques', ahora es una mezcla de dolores, cansancio y tristeza que a veces se mezcla con la solidaridad de decenas de bumangueses que hacen 'vaca' para llevarles comida caliente.

Estas casas improvisadas, con hermanos hechos en el camino, reciben diariamente a cerca de 400 venezolanos con los pies llenos de ampollas y el estómago vacío, los caminantes venezolanos recorren más de 200 kilómetros para llegar a Bucaramanga.

Meten en un bolso los recuerdos de toda su vida y se arman de valor para recorrer el vasto territorio colombiano. Descansan en colchones sin espuma bajo la lluvia esporádica de las noches bumanguesas.

“No saben lo difícil que es decidir qué empacar. Aunque uno ha pasado días sin comer, tienes a tu mamá enferma y sabes que debes irte, la empacada es dura. Es peor cuando el cansancio azota. Decidir qué cosas de tu maleta dejar en el camino es peor”, comentó Andreina Prieto, venezolana de 34 años que perdió a su papá por la falta de medicamentos en Venezuela.

Según la Organización Internacional para las Migraciones de la ONU, a junio de 2018 había casi 1 millón de migrantes venezolanos solo en Colombia. De acuerdo con las cifras de Migración Colombia, en Santander hay más de 30.000 venezolanos y en Bucaramanga, casi 9000; sin embargo, para líderes venezolanos en la ciudad y autoridades como el director de Gestión del Riesgo en Bucaramanga, esas cifran se duplican.

De acuerdo con una investigación del periódico inglés The Economist, el número total de venezolanos desplazados de su país ya alcanza los 4 millones. El éxodo se ha convertido en la mayor ola migratoria que ha vivido Latinoamérica en los últimos 50 años y si continúa así podría superar a los 6 millones de personas que han huido de la guerra civil siria.

La receta del destierro: hambre, represión, escasez y precariedad en servicios básicos

El día que Oriana, su hija de cinco años, le dijo que estaba viendo un poco borroso, María* decidió que ya era hora de irse. Era eso o quedarse en un país en el que las medicinas no llegan y si lo hacen valen el doble de lo que cualquiera se gana en un mes. En el mercado negro, claro.

Ese día, cuando se asomaba la noche, María entendió que la única forma de salvar a su hija no solo de la diabetes tipo 1, que cada día se agudizaba más ante la falta de tratamiento, sino de la desnutrición que ya se le estaba empezando a notar, era salir de Venezuela.

Así como su vecino y los otros cuatro de más allá lo habían hecho el mes pasado. En la madrugada, hora que ella y otros más consideraron ideal, pues el sol de Maracaibo en la mañana es infernal, salieron rumbo a Bucaramanga.

Colgando de su morral iba un conejo de peluche que Oriana ató con un cordón de zapato antes de despedirse, pues era un viaje al que no irían juntas.

Diez días después, en la plazoleta del Parque del Agua en Bucaramanga, María se desplomó. Sus compañeros de caminata habían llegado tres horas antes, pero con un esfuerzo sobrehumano, ella apenas los alcanzó cuando ellos reposaban ya en el lugar.

Justo cuando iba entrando a la ciudad, por el barrio Morrorico, se dio cuenta de que el conejo ya no colgaba del morral y entonces, pese a las llagas de sus pies y las punzadas de sus piernas, se devolvió.

Una hora y media después encontró el muñeco en el piso, lo abrazó como si fuera su Oriana y siguió su camino hacia Bucaramanga.

- “Maduro nos puede quitar todo, menos los recuerdos que nos atan a nuestra familia. Este muñeco es lo único que me obliga a seguir y este país la salvación para mi hija”.

El régimen que mata, el régimen que oprime, el régimen que destierra

Luis López salió de Caracas hace un mes. En Bucaramanga, una conocida de su familia le dijo que necesitaban mano de obra para construcción y que si se venía rápido ella lo ayudaba. Solo tenía que tener el pasaporte y listo.

Sin embargo, en Venezuela hay un millón de razones burocráticas, represivas, económicas y hasta ilógicas por las que tanto para Luis como para todos los que vienen detrás de él, fue imposible conseguir un pasaporte.

Entonces, tras pensarlo por varios días, esos que le quedaron libres después de que lo despidieron de la empresa de plásticos donde trabajaba como contador, se dio cuenta que no tenía más opción que salir.

Sus dos hijos, varones, uno en la universidad y el otro en el colegio, ya acostumbrados a que en el día solo se comía dos veces, le pidieron que no lo hiciera, porque el papá de unos amigos de la cuadra se había ido hace un año y medio y esa era la hora que no había vuelto.

Le imploraron, con lágrimas en los ojos, que no los dejara o los llevara con él. La madre había muerto nueve meses atrás y ellos no podían perderlo a él también.

“Peritonitis, se la llevó una peritonitis que no le pudieron tratar por falta de medicamentos. Porque el régimen de Maduro mata, coño, mata”, cuenta Luis.

A los pocos días, se encontraban juntos cruzando el páramo de Berlín, muertos de frío, pero con menos hambre que la que estaban pasando en Venezuela, pues durante los más de 20 días que llevaban de travesía la gente los había llenado de comida “para dar y regalar”.

Una vez en la capital santandereana, sin ayuda de nadie, porque la conocida nunca apareció ni contestó el celular, se dedican a vender caramelos y limpiar los vidrios de los carros.


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