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Tras una comida digna, familias y amigos venezolanos llegaron a Manizales


MARTHA LUCÍA GÓMEZ

LA PATRIA | MANIZALES

$45 mil para comprar un medicamento y desparasitar un hijo, no es mucha plata para un colombiano. Hacer esto en Venezuela costaba en febrero de este año 2 millones de bolívares. Por esto, el venezolano Samir Lira se la jugó para salir ilegalmente y llegar a Colombia.

Fue lo único con lo que salvó la vida de su hijo de 2 años, aunque la desnutrición que ya tenía no la logró frenar. Samir tiene 34 años y su esposa, Rusmery Padrón, 29, quien ya está también en el país con el niño.

"Dormí 15 días en las calles de Cúcuta para trabajar, reunir el pasaje y llegar a Bogotá, donde me recibió un amigo. Fue un domingo, en la tarde salí a buscar empleo y lo conseguí en una venta de comidas rápidas. El primer sueldo que me pagaron lo envié a Venezuela para comprar el medicamento. El niño ya se mejoró, está saliendo de la desnutrición", recuerda Samir. El pequeño tenía un parásito que consumía todo lo que ingería.

Vendiendo todo

En mayo de este año, Samir se quedó sin el empleo en Bogotá. Empezó a vender puerta a puerta productos de aseo. Solo comía una vez en el día con tal de que le quedara plata para mandar a Venezuela, y que Rusmery y el hijo se vinieran a Colombia. Una vez reunidos, otros compatriotas les recomendaron viajar a Manizales porque era buena plaza para conseguir trabajo.

Llegaron a una casa del Centro en la que viven 11 venezolanos, donde estuvieron hasta hace dos semanas. Decidieron arrendar una pieza en la Galería, por la que pagan $7 mil diarios. "Ella está trabajando en un café, atendiendo mesas. No es prostitución. Gana $25 mil diarios. Entra a las 12:00 m. y sale a las 9:00 p.m., con eso nos estamos defendiendo. Estoy sin trabajo, al cuidado del niño. Esperando que me llegue el permiso para ver quién me da empleo", sostiene Samir.

Rusmery es administradora de empresas, y él técnico en computación. Dicen que además del problema de salud, salieron de Venezuela pensando en el futuro. Ya estaban vendiendo sus pertenencias para sobrevivir.

"Actualmente un salario mínimo mensual son 5 millones 300 mil bolívares, y un kilo de carne vale 10 millones. Acá nos han tratado muy bien. Lo que ella está ganando nos da para comer, que es una cosa muy difícil en Venezuela. Mi suegro nos está cuidando la casa porque si la dejamos sola el gobierno nos la quita. La agarra la junta comunal y la entrega al instituto de tierras para dársela a personas que nunca han trabajado", expresa Samir.

El niño está en control médico y ha recuperado peso, va en 11,3 kilogramos. Lo que aqueja ahora a esta familia es un brote en la piel que se les ha ido extendiendo por el cuerpo. Lo atribuyen a la presencia de ácaros, por la vetustez de las casas en las que les ha tocado residir.

Por aventón

La de Maickelys Veliz es otra difícil historia. La necesidad de salir de Venezuela con su esposo, especialmente para poder comer, los hizo migrar hace siete meses de su país, sin pasaje y sin documentos. "No teníamos nada", dice.

Llegaron a Cúcuta, donde una señora les regaló $5 mil y que usaron para comprar tres bolsas de pan y un litro de agua. Encontraron a un conductor de tractomula al que le pidieron "cola", o sea el aventón hasta Manizales. El viaje duró cuatro días.

Los dejó en Maltería, llegaron lloviendo y de noche. "El señor de una estación de gasolina nos permitió dormir en un espacio, dijo que no era capaz de dejarnos ir y sin conocer. Al día siguiente nos fuimos para el Centro a buscar qué hacer. Un hombre nos dijo que fuéramos a la Galería, allí cuadraban personal para fincas, pero de ello no sabemos nada. Soy trabajadora social y enfermera. Como vinimos dispuestos a todo, a mi esposo le ofrecieron trabajo como cotero, y empezó a descargar bultos. Yo conseguí tres días a la semana en una cafetería, y los otros cuatro descargaba camiones con él. Difícil, pero fue la única forma de ir consiguiendo con qué traer a mis hijos", describe Maickelys.

En Venezuela habían dejado a un adolescente de 15 años y a una niña de 1 año y 9 meses, a la que incluso le tuvo que quitar la leche materna. Maickelys fue empleada doméstica, cuidó a un adulto mayor y laboró en un restaurante. Para sacar a los hijos de Venezuela les tocó comprar un carné falso en la frontera. "Fue una travesía desde la 1:00 de la tarde hasta las 10:00 de la noche. Nos vinimos porque la situación ya era insostenible, no se podía comprar comida, solo ahuyama, papas y lechosa -papaya-; la plata no daba para más, así trabajáramos los dos y vendiéramos nuestras cosas. Una harina pan costaba 7 bolívares y la vendían en 250 mil, un cartón de huevos está en 14 millones de bolívares".

A pesar de que en Manizales no tienen trabajo fijo, están muy satisfechos de lo que la ciudad les ha brindado. Con la llegada de sus hijos, Maickelys tuvo que dejar de trabajar. Viven de lo que gana el esposo como cotero. El hijo mayor está estudiando noveno grado en un colegio público.

"Hay días en los que mi esposo se gana $50 mil, pero en otros solo $6 mil. La gente y la Organización Sin Fronteras nos han ayudado mucho. Por lo menos ahora tenemos el Permiso Especial de Permanencia, pero mi hija no. Si lo tuviera, estaría en un programa del gobierno, y yo podría trabajar para ayudarnos. Mi hijo anhela regresar a Venezuela, pero todavía no se puede".

No a la prostitución

Casi que corriendo para no ejercer la prostitución, les ha tocado en Colombia a las venezolanas Eleisy Moreno, de 35 años, y Yuleini Churio, de 26. Esta última se vino del vecino país a Santa Marta, es colombovenezolana, y luego llegó Eleisy, de forma ilegal, buscando a su amiga. Llevan un mes en Manizales.

Eleisy llegó a Barranquilla. Una mujer le abrió las puertas de su casa. Vendió café durante tres días y reunió el valor del pasaje a Santa Marta donde buscó a Yuleini. "De allí nos vinimos como pudimos, pidiendo cola -aventón-. Salimos de allá porque lo que se vive es la prostitución y no trabajamos eso".

Lo mismo les pasó en Sucre. Llegaron tras la oferta de un trabajo como domésticas en una finca, pero detectaron que era para trabajar como prostitutas. "Hay muchas venezolanas allá practicando eso, una de ellas nos dijo que alquilan las habitaciones por $12 mil diarios: ustedes salen, se rebuscan, hacen el rato y pagan. Salimos corriendo. Nos consiguieron trabajo en una cantina, despachando cerveza, teníamos que beber a morir; había clientes pesados, que querían sobrepasarse, pero no nos dejábamos. La cantina la cerraron y volvimos a aguantar hambre", narra Eleisy.

Un amigo venezolano la contactó para que viajara a Manizales. También llegaron por aventón, al barrio San Sebastián en la Comuna Ciudadela del Norte. Empezaron limpiando negocios, ahora buscan reunir un capital para invertir en un puesto de perros calientes y salchipapas, pues les prestaron un carro de comidas.

Estas amigas viven en lo que era un taller, una construcción en obra negra, rodeadas de objetos para reparar y herramientas. "Un señor nos prestó este espacio y una cama, nos dijo que nos podíamos quedar. Somos unas guerreras, unas hermanas del destino y de la vida", asegura Yuleini.

"La idea es volver a Venezuela, pero si cambia el gobierno; de lo contrario seguiremos luchando para traernos a nuestros hijos. Es triste pararse de la cama y no tener qué darles de comer. No es fácil, esto no es fácil", concluye Eleisy.

Difícil situación

Germán Montoya, director ejecutivo de la Organización Sin Fronteras, que se creó en Manizales para apoyar a los venezolanos que ingresan a la ciudad, indica que unos 400 venezolanos hicieron el registro censal en la Jefatura de Gestión del Riesgo, Medio Ambiente y Cambio Climático de Caldas, pero que muchos no se acercaron dadas las condiciones de ilegalidad en las que están y temiendo una deportación inmediata.

"Hemos determinado que llegan alrededor de 15 a 20 personas por semana. Creemos que hay unos 700 venezolanos en Manizales. Ellos vienen con 100 pesos o 500 pesos colombianos en el bolsillo. Manizales les ha abierto las puertas, han encontrado trabajo o labores de mano de obra que les permiten sostenerse, pero con el correr de los días pasan de una residencia en condiciones deplorables a pagar un arriendo y satisfacer sus necesidades. Es lo que conocemos. Gran parte del dinero que están ganando es para enviarlo a Venezuela, prefieren comer cualquier cosa acá porque en Venezuela se están muriendo prácticamente de hambre. Una señora se nos desplomó un día, sin saber por qué, venía de una desnutrición en Venezuela".

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