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Arley Arias García, un guerrero de fe


GEOVANNY MARTÍNEZ

LA PATRIA | MANIZALES

El calvario del sacerdote Arley Arias García comenzó el día que decidió crear una comisión de paz por petición de sus feligreses con la que logró salvar numerosas vidas en el oriente de Caldas, menos la de él. Ese día como Dante, el personaje de la Divina Comedia, inició un viaje por el infierno, el purgatorio y el paraíso.

16 años después de su asesinato los restos del mártir de Samaná regresan al municipio donde nació, creció y adelantó parte de su labor evangelizadora. Un homenaje póstumo se realizará hoy a las 12:00 del día en la parroquia San Agustín en compañía de obispos, sacerdotes y familiares, quienes llevarán los restos al cementerio de la localidad donde reposarán cerca de quienes perecieron, como él, por las balas del conflicto armado.

Paradójicamente, en 1989, cuando cayó el muro de Berlín, Caldas sintió el rigor de la guerra. Mientras el mundo creía que el comunismo había terminado con ese muro, las guerrillas colombianas inspiradas en la Revolución Bolchevique (1917) y la Revolución Cubana (1959) arribaron al departamento.

La ruptura del Pacto Mundial del Café le abrió la puerta a la subversión que aprovechó el declive de la caficultura para expandirse por el oriente de Caldas. El Comité de Cafeteros asumió el papel que le correspondía al Estado al garantizar la construcción de vías, puestos de salud y escuelas, pero terminó debilitado por la crisis cafetera, se generaron condiciones de pobreza que le abrieron la puerta a los frentes 47 y 9 de las Farc, al Ómar Isaza de las Autodefensas del Magdalena Medio y a los cultivos ilícitos.

 

Vocación

Obdulio Arias García, hermano del sacerdote asesinado, es misionero de la Diócesis de Istmina- Tadó (Chocó) hace 23 años, el mayor de siete hijos. “Nuestra niñez se desarrolló en el campo, entre las veredas El Consuelo, La Esmeralda y California Alta. Papá me contó que a los 13 años, cuando por su casa pasaba con frecuencia un sacerdote para atender enfermos y adelantar misiones, pidió a Dios que cuando fuera grande y se casara le regalara un hijo sacerdote”. Para suerte de Darío Arias Quintero fueron dos religiosos, Obdulio y Arley.

Desde la vereda donde vivían asistían cada ocho días a misa con sus papás, caminando dos horas y otras dos a caballo, sin falta, domingos y días de fiesta. “Los sábados a las 4:00 de la tarde me reunía con mis hermanitos y amiguitos para celebrar la santa misa que presidía con la cartilla Nacho y pedacitos de arepa y aguapanela que simulaban el misal, las hostias y el vino. Mis hermanos, cuatro más, entre ellos el padre Arley, estudiábamos en la escuela veredal y luego viajábamos al pueblo para el bachillerato. Con mi hermano Arley nos hicimos amigos de los sacerdotes y les colaborábamos como acólitos y catequistas en el despacho parroquial”.

“Inicialmente mi hermano quería ser médico, pero la fuerte oración en familia, el servicio en el altar de la parroquia de Samaná, el testimonio de sacerdotes y luego irme de primero para el seminario misionero del Espíritu Santo de la Ceja (Antioquia), lo motivaron a seguir el camino de Cristo y responder a una invitación de ser dispensador de las gracias divinas”.

El 12 de diciembre de 1992, en la Catedral de La Dorada, monseñor Fabio Betancur Tirado ordenó como sacerdote a Arley Arias García junto a otros cinco compañeros más en la celebración de los 500 años de la evangelización de América Latina. Estuvo como vicario parroquial en Marquetalia (Caldas), y La Palma (Cundinamarca), fue párroco en La Danta (Antioquia) y en Florencia (Samaná), donde llegó en 1998. El 18 de mayo de 1999 la guerrilla se tomó el corregimiento, el sacerdote fue testigo de los disparos de fusiles (¡pum! ¡pum! ¡pum!) del estallido de los cilindros bomba (¡buuum! ¡buuum! ¡buuum!) que destruyeron la casa cural donde se resguardaba encomendado a Dios a través de la oración.

Fabio Arias, actual secretario de Educación, alcalde en esa época de Samaná y primo de Arley, recuerda que hasta el templo Nuestra Señora de la Asunción resultó averiado. “La Policía ganó ese combate porque se ubicó estratégicamente, quedaron dos agentes heridos, mientras que la guerrilla tuvo muchas bajas. En ese momento Colombia asistía a dos o tres tomas guerrilleras semanales. Casualmente la Fuerza Pública es retirada del corregimiento y de inmediato empiezan los asesinatos selectivos y el padre tiene la idea, que fue lamentable para él, de crear una comisión de paz con la que salvó muchas vidas, pero ahí empezó su calvario”.

 

Misión pastoral

Denunciaba los abusos de los que era objeto la población de Florencia y en más de una oportunidad, junto a los otros cuatro integrantes de la comisión de paz, se enfrentó a los comandantes subversivos para proteger a algún perseguido o para averiguar por un desaparecido. Hasta el 2012 la Unidad de Víctimas reportó 569 casos de desaparición forzada en Samaná. 85 casos que ocurrieron entre 1975 y 2007 fueron documentados en el proyecto Construcción de Memoria y Verdad desde las Voces de las Víctimas del Magdalena Medio, impulsado por la Fundación para el Desarrollo Comunitario de Samaná (Fundecos), el Equipo Colombiano Interdisciplinario de Trabajo Forenses y Asistencia Psicosocial (Equitas) y el Centro de Estudios sobre Violencia, Conflicto y Convivencia Social (Cedat) de la Universidad de Caldas.

Quienes sobrevivieron a la barbarie -la Unidad de Víctimas reporta 2 mil 375 homicidios hasta el 2012- destacan sus dotes como diplomático. Fanny Ramírez, rectora de la Institución Educativa Pío XII del corregimiento e integrante de la comisión de paz, recuerda que hablaba claro y sin rodeos. A pesar del miedo que a todos los invadía, el sacerdote mantenía su tono de voz sabiendo que la palabra era su única arma.

“Arley fue un sacerdote auténtico en su ejercicio ministerial y pastoral desde el mismo momento de su ordenación. Desde ese instante hasta el 18 de enero del 2002, cuando fue su martirio, se destacó por ser un sacerdote juvenil, cercano a todos, pero en particular a los niños y jóvenes, a los campesinos, a los enfermos, a los secuestrados y desplazados que tuvo que atender”, destaca su hermano Obdulio.

Agrega que ese servicio lo prestó con la venía del obispo de la Dorada y de la Defensoría del Pueblo. “Fortalecido en gracia de su ministerio sacerdotal y de buen pastor fue en búsqueda de la oveja perdida, sin importarle su propio bienestar. En medio del gozo que sentía de ir de una parte a otra evangelizando en su parroquia, no dejó de preocuparse por el odio y la violencia que sembraban los grupos ilegales en el oriente de Caldas y Antioquia”.

Sin embargo, él no se desanimó ni se amedrentó y nunca dio pie atrás en el cumplimiento de su deber sacerdotal. Quienes lo conocieron aseguran que daba la impresión que para él los peligros eran mínimos, porque sentía que obraba con las manos de Dios.

Acusado por unos y otros, el religioso insistía en permanecer en su lugar de misión hasta que la situación se volvió insostenible. El 17 de enero del 2002 llegó a la cabecera municipal de Samaná acompañado de dos jóvenes que le colaboran en la parroquia, Héctor Fernando Pérez Aristizábal, de 16 años, y Carlos Alberto Pérez, de 21 años, para despedirse de sus allegados, porque el obispo lo había trasladado a la parroquia de La Palma (Cundinamarca), al día siguiente regresaría a Florencia a empacar sus pertenencias y emprender el viaje.

El 18 de enero del 2002, tras desayunar y almorzar con sus allegados, visitar feligreses y amigos, arrancó hacia Florencia. “Era un sábado medio tristongo y a eso de las 3:00 de la tarde se despidió de mí, estaba en el apartamento, era alcalde. Lo abracé, le dije póngale mucho cuidado, Arley por Dios eso está muy delicado. Le dio risa”, relata Fabio Arias.

Dos horas después la noticia corrió como pólvora. A tres kilómetros del casco urbano de Samaná, en la vereda La Palma, justo frente a una cascada dos hombres que se movilizaban en una motocicleta acribillaron al sacerdote junto con los primos Héctor Fernando y Carlos Alberto Pérez. El municipio, que vivía un infierno, entró en desesperanza, “si mataron al padre nos matan a todos”, replica Margarita Arias, habitante de la localidad, quien perdió un hijo en medio de la barbarie.

Para esa época el Observatorio de Derechos Humanos de la Vicepresidencia de la República estableció que fueron desplazados 25 mil campesinos. Tras vivir el infierno de los violentos, cruzar el purgatorio contrarrestando la ira y la soberbia de los comandantes guerrilleros y paramilitares, hoy está en el quinto cielo del paraíso, según la Divina Comedia, allí llegan los mártires de la Iglesia, los guerreros de la fe, como lo fue Arley.  

Foto | Freddy Arango | LA PATRIA

En esta sitio de la vereda La Palma fue ultimado el padre junto a dos de sus colaboradores, Héctor Fernando y Carlos Alberto Pérez. En el lugar permanecen los calvarios. 

 

Destacado

Hasta 2013 la Conferencia Episcopal de Colombia había documentado el asesinato de 83 sacerdotes en el conflicto armado.


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